Las piernas me tiemblan al pararme, se me quiebran si quiero caminar y busco una sonrisa que no existe en la película de mi vida. Solamente genero lágrimas y con la garganta tapada de angustia busco dejar sin aire al muñeco de mí misma que tengo en las manos llenas de (todo eso que me lastima).
Corro en círculos volviéndome loca, tirando con toda la fuerza que el cuerpo débil me permite de los mechones de pelo que ahora se desprenden de mí. Estoy atrapada en una habitación gris, con una cama incómoda y deshecha, paredes sucias de vómito y sangre, inundada de lágrimas que suben al nivel de mi cuerpo y me abrazan con el dolor de la soledad oscura, incomprendida.
Las puertas están cerradas y yo fui la que escondió la llave, también tapié las ventanas para no permitirme salir, me puse una trampa y en el altillo escondí lo que creí que eran esperanzas, pero no tengo una escalera y ellas se están derritiendo por no tener un suelo estable sobre el que esperarme.
Tengo armas para escaparme, una tijera que no sirve para abrir la puerta, pero sí para abrir la piel de mis piernas, y necesito con urgencia ver algo salir antes de ahogarme por completo en mi propia depresión.
Todo está oscuro y golpeo el vidrio desesperadamente, rogandole de rodillas al espejo que me de una chance más de quererme, pero este se parte y los vidrios atraviesan mi piel por completo, me liberan del cuerpo, y mi alma queda atrapada en esta habitación de dos por dos, que afuera tiene un cartel de bienvenida para quien quiera intentarlo. Yo no pude.